Hoy os presentaré a Inocencia.
Hay quien dirá que no es más que un alter ego de River, pero muchos saben que no es sólo eso. El maestro Inocencia es el titiritero de aquellos juegos en los que la ficción y la realidad se entremezclan hasta alcanzar una verdad. Una verdad que suele ir acompañada de un temor que los adultos se esmeran en disimular. El miedo a la oscuridad, al ser que se esconde detrás de las sombras y nos acecha debajo de la cama. Un miedo propio de la inocencia de un niño.
Todo comenzó en Italia. Cuando me topé con el frío rostro de Inocencia y decidí que ciertos juegos de rol van más allá de los dados, las fichas y los mapas.
Pero avancemos en el tiempo…
Una noche de verano en la que unos amigos se disponen a jugar a rol. Hasta aquí, todo normal. Pero cuando entran en el salón se encuentran con el maestro Inocencia. Ya no les hacen falta las fichas de Pj, porque esa noche sus personajes serán ellos mismos pero con veinte años menos. Tampoco necesitan dados, Inocencia dirime sin piedad. Tan sólo pueden pedir el consejo de unas cartas que el maestro titiritero se encarga de mostrar. Y así fue como se adentraron en una trama tan sencilla como lo es el recuerdo de un suceso. Un grupo de niños que decide investigar las ruinas de un viejo hospital abandonado. Cuentan que está maldito y que los fantasmas de los pacientes que fallecieron todavía rondan por los pasillos del centro. Cuentos de miedo… ellos son más valientes que David y Luís (un curso mayores) y lo demostrarán esa misma tarde. Se colarán en el hospital del miedo…
…Es un grupito pequeño: tres niños y la hermana de uno de ellos. Como era de esperar la tarde transcurre con total normalidad. Los niños se cuelan por debajo de la verja oxidada y entran, asustados, al oscuro hospital. Cuando uno se asusta todos se asustan, si uno dice que ha oído un ruido todos creen haber oído ese mismo ruido, si uno corre los otros le siguen. Tan sólo es un juego. Hasta que Raquel desaparece. ¿Como la han podido perder de vista? No pueden volver a casa sin ella…
De pronto suena un móvil. Pero un momento, hace veinte años ningún niño llevaba móvil… el móvil ha sonado ahora. En el salón donde el maestro Inocencia ha susurrado su canción a cuatro jugadores adultos. “Cógelo”… “Número desconocido”… “¿Diga?”… “Hermanito… Hermanito… ven… no sé dónde estoy…”.
Y de ese modo, cuatro adultos comprendieron que ciertas partidas se juegan sin dados, sin fichas y sin mapas.
Tal vez otro ejemplo será de utilidad para comprender mejor al maestro Inocencia.
Una noche cuatro jugadores fueron invitados a la mansión del maestro titiritero. Nadie les abrió la puerta, pues entrar en la mansión fue como soñar despiertos. Allí revivieron la muerte de Claudia, quemada por su novio. Revivieron el desconsuelo de su familia y el suicidio de su padre al no poder soportar la perdida de su hija. Hubo quien soñó con la joven, aún viva en la cama del hospital. O quien soñó con el espectro enmudecido de un padre atormentado. Pero fueron todos los que comprendieron que, en ocasiones, los sueños son el modo en que la mente se protege de aquello que no puede olvidar.
Y ese es el maestro Inocencia.
Esta noche, cuando apagues las luces, ten por seguro que un ser que se esconde detrás de las sombras y te acecha debajo de la cama te agarrará para llevarte al mundo onírico de Inocencia. Pero no temas… todo habrá sido un juego.




